lunes, 13 de julio de 2015

¿N2O o O2?

¡Cuántas veces nos enamoramos!

 El peligro.

 La adrenalina.

 Al ser humano le encanta sentir como sube por su cuerpo cuando ve a esa persona, sentir mariposas en el estómago cuando piensa en ella, y que el aire a su alrededor tenga el mismo efecto que el N2O o óxido de nitrógeno y no pueda dejar de sonreír y de decir tonterías.


 Pero el efecto se pasa, claro que se pasa.

 A no ser que la otra persona sea demasiado especial y el lugar de óxido de nitrógeno se transforme en oxígeno.

 El aire comienza a asfixiarnos, necesitamos respirar y la única forma de respirar es escapando de ahí, de ese aire que en lugar de hacernos reír nos hace gritar en nuestro interior.

 Queremos respirar el aire libre de nuevo, y no estamos preparados para volver a ese espacio cerrado que una vez nos provocó el mismo efecto que en el dentista.

 Pero como he dicho antes nos encanta el riesgo, el subidón de adrenalina. Y poco a poco nos olvidamos de como se reía y sentimos la necesidad de volver a sentir el N2O en nuestros pulmones.

 Y nos arriesgamos.
 Volvemos a enamorarnos.

 Primero empieza con las mariposas en el estómago.
 Después... bueno, creo que no tengo la necesidad de explicaros como sigue.

 Pero enamorarse es de humanos, como los errores. Y a veces, ambos van de la mano.

       N
       2
      O2



lunes, 6 de julio de 2015

Suicidio.

 Mira hacia abajo. Suspira y trata de dejar su mente en blanco.
   ¿Por qué nadie lo hace?
Lanza un vistazo a su alrededor y observa a la gente que le rodea. Nadie repara en el.
Tienen la mirada perdida, van mirando hacia delante pero en su cabeza están repasando la mierda de vida que llevan,  y...¡oh!, aquella mujer que lleva unas gafas de sol para ocultar las ojeras se ha dado cuenta de que llega tarde a recoger a su hijo en el colegio.
  "Vaya vida de mierda que llevan todos"
Una pareja de jóvenes pasa a su lado sonriendo, mirándose, sintiendo algo..."Maldita juventud", piensa el.
 Mira hacia abajo de nuevo, ¿por qué no lo hacen? ¿por qué?
Sólo es un subidón de adrenalina, en cuanto lleguen al suelo ya llevarían unos segundos fuera de este mundo. Es un puente, sólo un puente por el que aparentemente pasa toda la ciudad.
Mira su reloj. Durante un minuto el mundo que está a su alrededor se silencia, como si alguien le hubiese dado a un botón para callar los sonidos de la ciudad. Sólo escucha el segundero de su reloj.
                     Tic, tac...
                    Tic, tac...
El sonido del segundero va al mismo tiempo que su corazón.
Sabe lo que pasará.
Se dejará caer, y cuando llegue abajo su corazón ya no estará latiendo. Y quizá, sólo quizá, su reloj aún lo haga.
Pero entonces la ve, en la otra esquina del puente, mirando hacia abajo. Aprieta los dientes y empieza a correr hacia ella.
Otra suicida.
No podía dejar que lo hiciese.
Y en ese instante, decidió seguir con su vida.
Porque todo lo difícil, es lo que realmente merece ser llamado vida.
Y aún no debía rendirse.
No debía ceder.